SER
El ser es más que la ausencia, que las distancias, que las sombras grises que nos asechan tras las espaldas de los sueños, que las angustias, que todos esos universos de metamorfosis que confluyen en nuestras venas y se reflejan en nuestros ojos perdidos en infinitas fronteras, suspendidos al borde del abismo, donde se debaten entre las realidades y las fantasías, como si fueran las dos únicas opciones de viaje, de caída, de vuelo, de vida o de muerte.
El ser es más que la vida misma, la trasciende, la trasgrede, la absolutiza, la minimiza, la expande, la empequeñece. Si Dios no juega a los dados con el universo, el ser si lo hace. Nació para hacerlo, reside en él el poder enceguecedor de la voluntad y la transformación de la esencia natural de su naturaleza misteriosa. Nada de la nada, y todo de lo todo, no permanece inconmovible en su presencia, en su magnánima afinidad con las leyes que rigen infinitud de los ciclos de la eternidad.
El ser es más que los miedos, los temores, los fantasmas. Podrá estar minado y dosificado al extremo de todas las angustias, las oscuras noches del desencanto, las desilusiones, los abandonos de las luces, las claves perdidas, los afectos negados, las heridas contaminadas y las mentes dopadas. Habrá en su existencia miedos farsantes y ordinarios, oportunistas y miserables, recolectores de basuras intelectuales y morales, oportunistas bajos de sentimientos absurdos, hipócritas y egoístas, coleccionistas de perversidades y persecuciones fantasmales. Tan volubles ante el ser, si el ser despliega sus alas y su coraje, los mira de frente feroz, determinado, limpio y firme, si con voz, piel y visceral génesis.
El ser es más que la ausencia, que las distancias, que las sombras grises que nos asechan tras las espaldas de los sueños, que las angustias, que todos esos universos de metamorfosis que confluyen en nuestras venas y se reflejan en nuestros ojos perdidos en infinitas fronteras, suspendidos al borde del abismo, donde se debaten entre las realidades y las fantasías, como si fueran las dos únicas opciones de viaje, de caída, de vuelo, de vida o de muerte.
El ser es más que la vida misma, la trasciende, la trasgrede, la absolutiza, la minimiza, la expande, la empequeñece. Si Dios no juega a los dados con el universo, el ser si lo hace. Nació para hacerlo, reside en él el poder enceguecedor de la voluntad y la transformación de la esencia natural de su naturaleza misteriosa. Nada de la nada, y todo de lo todo, no permanece inconmovible en su presencia, en su magnánima afinidad con las leyes que rigen infinitud de los ciclos de la eternidad.
El ser es más que los miedos, los temores, los fantasmas. Podrá estar minado y dosificado al extremo de todas las angustias, las oscuras noches del desencanto, las desilusiones, los abandonos de las luces, las claves perdidas, los afectos negados, las heridas contaminadas y las mentes dopadas. Habrá en su existencia miedos farsantes y ordinarios, oportunistas y miserables, recolectores de basuras intelectuales y morales, oportunistas bajos de sentimientos absurdos, hipócritas y egoístas, coleccionistas de perversidades y persecuciones fantasmales. Tan volubles ante el ser, si el ser despliega sus alas y su coraje, los mira de frente feroz, determinado, limpio y firme, si con voz, piel y visceral génesis.

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