
Un abrazo que sea como lluvia, que apenas nos roce. Que nos reconozca vivos y no medios muertos, o muertos en vida. O agonizando.
Un abrazo que nos devuelva la certeza de sabernos presentes y no ausentes del tiempo, de la alegría, del encuentro y de lo no perdido.
Un abrazo que nos grite que hay otros ojos que nos miran y son espejos y nos reconocemos, y nos vuelven hombres y no secas semillas.
Un abrazo que nos sacie de soledades y de despedidas, que nos obligue a quitarnos la caparazón de cicatrices dormidas que se fueron acumulando en nuestras almas y nos volvieron insensibles al amor, a los precipicios tan necesarios y a las nuevas heridas.
Un abrazo que nos recuerde el vientre materno, donde navegamos un día, porque aunque fuera oscuro otros latidos nos dormían, y dormíamos calmos. Estábamos en casa. Estábamos en el cielo.
Una abrazo que nos quite la hambruna y nos desligue de la violencia, tanto de las palabras como las de los golpes. Porque no hay peor hambre que la del alma ni mayor golpe que del desprecio y la desesperación.
Un abrazo que nos quite del holocausto de las sospechas y las mentiras, de los pronósticos saturados y suturados y las leyes vendidas.
Un abrazo que nos reconstruya el corazón de a pedazos, lo envuelva en olas de ternuras y lo bese todas y cada una de las madrugadas con solo recordar la tibieza de esos brazos.
Un abrazo que espante fantasmas, cansancios, hartazgos, demencias, artimañas y balas perdidas, redoble de tambores en guerra, bombas y caos.
Un abrazo que nos abrace desde las entrañas de lo aun no creado, que esta ahí, latiendo, gritando, esperando que alguien lo vea para socorrerlo y salvarlo, darle vida y dejarlo en medio de las pocas inocencias que nos quedan.
Un abrazo que sean como mil alas gigantes, de esas alas que son como el cielo que nunca se termina en ningún horizonte, en ninguna estrella, en ningún ocaso. Abrazos en que sientas que son las mismas alas que hace miles de años te acunaron, te sonrieron y supieron que eras otro ser, otra esperanza, otra oportunidad para el destino.
Un abrazo que haga historia, pero no de esas que salen en los libros o en los diarios, ni en los puños cerrados, sino de las que se funden en las manos, en las mejillas, en los párpados.
Un abrazo que te avisa que estas de nuevo a resguardo, que el mundo no te alcanza con sus garras ni sus trampas. Un abrazo que no te esconde entre las sabanas sino entre su mismo cuerpo, como si fueran uno, como al principio, como no hace tanto.
Un abrazo que te rescate del olvido y las distancias, que no haya estudiado matemáticas, ni logica, ni otros idiomas ni otras lenguas. Un abrazo que solo quiera abrazarte, sin decir nada, sin traducir nada, sin calcular nada.
Un abrazo recién nacido, que se guarda entre los pliegues de tu espada, la misma que blandiste pero nunca hundiste en nombre de nada, porque nada justifica, nunca, la venganza.
Un abrazo que nunca sea pequeño, ni egoísta, ni de apuradas. Un abrazo que te abrace con todas sus ganas, un abrazo que te grite ¡no temas! ¡yo te amo! ¡ama!
Un abrazo que el hombre rescate de entre la piedras de los muros de castigo. Un abrazo que en silencio te diga que esta contigo, y te levante, y no te deje caer nuevamente.
Un abrazo que no se venda ni se alquile, ni por horas ni por noches, ni por días. Un abrazo que no tenga precio, porque si se lo han puesto no tiene garantía.
Un abrazo de no tenga miedo, ni se acobarde, por saber que en estrecharse se pueden contagiar las heridas, los amores, los cansancios. Un abrazo sabio sabe que con estos también vienen las inigualables particularidades de otra existencia.
Un abrazo que sane, y te limpie del barro que el destino tiene en las orillas, y te devuelva cristalino y puro otra vez al camino, a las salidas.
Un abrazo que te llame por fuera de la agonía, de la ceguera y de lo aturdido del golpe que te dieron de frente y a traición. Ese abrazo que se identifica y tiene y es del mismo color de la paz, de la misericordia.
Un abrazo que llore contigo cuando nadie llora a tu lado, que seque tus lagrimas y el resto las guarde en el cofre de perlas, porque sabe que las joyas mas valoradas son las que vierte el hombre desde su alma.
Un abrazo que decida abrazarte a pesar de los prejuicios, las vanidades y las condenas. Un abrazo que no se esclaviza porque va rompiendo cadenas y escapando de miles de celdas y prisiones.
Un abrazo que te cubra todo el cuerpo, que te envuelva con perfumes, sudor y fiestas. Que te sea tan cercano que sientas sus latidos, respiros y su piel encubierta.
Un abrazo cósmico, donde todas las estrellas, cometas , convergen en planetas, y las constelaciones mas lejanas saben tu nombre y explotan por ti, solo por ti.
Un abrazo que veas venir, que se acerque lentamente, y mientras se acerque todas tus pieles se vayan abriendo como pétalos, todas tus palabras vayan quedándose muertas, todos tus movimientos inmóviles, y todas tus defensas rotas y esparcidas.
Un abrazo que tenga ya tus huellas, antes de conocerte y abrazarte. Un abrazo que dejaste en alguna dimensión y hoy vuelve a buscarte. Un abrazo que se desprendió de ti no sabes hace cuanto pero que buscaste toda la vida como si de el dependiera tu vida, porque sentías que era verdad, que otra parte de ti se había quedado por allí y algún día regresaría multiplicado por cientos en otro cuerpo, en otro abrazo, que es el tuyo, que te ha buscado y que por fin te ha encontrado y ya no te deja, ya no se dispersa.